miércoles, 30 de julio de 2025

La Planta Abismal


 No sabía qué esperar de ella, mientras la regaba, me preguntaba si podría oír mis pensamientos y si mi desinterés podría ser mortal, después de todo, era una planta del espacio y tampoco iba a comentarle a nadie sobre ella, porque no sabía si me comprometería a cuidarla. Sería mi secreto, y si dejaba de vivir, nadie más que yo lo sabría, por lo que, no habría nada que lamentar. 


Tienes algo tan inmenso en las manos, algo con lo que los grandes hombres han soñado, un descubrimiento, una evidencia de lo inimaginable y sin embargo tu odio por ella es más fuerte que la curiosidad de ver a dónde conduce, y tu mezquindad es como un espíritu que te ha poseído y te arrebata el sentido de humanidad que te grita que, alguien más debe saberlo: los científicos, la prensa, el gobierno, las personas, las malditas personas. 


Me fui a dormir. Las horas avanzaron pero no soñé, solo una tormenta silenciosa se desataba en mi mente. Una tormenta de vapor y abrí los ojos, con la mirada fija en el vidrio de la ventana empañada, como si la mañana llorara con una tristeza inquebrantable.


Así que, lo primero que hice al levantarme fue ir a regar la planta. No soportaba su quietud. Era como si una esfera de silencio la envolviese o quizás eso proyectaba mi propia expectativa, dadas las circunstancias misteriosas como llegó aquí.


Una tarde revisando el correo, o mejor dicho, eliminando el correo (la mayoría era basura) accidentalmente abrí uno, que para mi sorpresa, no estaba escrito en ningún idioma conocido, de hecho, solo eran manchas, muy inusual, pero le resté importancia, sin embargo, por alguna extraña razón, decidí verificar otros correos “basura” y casi como si estuviese predestinado, cada correo que abría, estaba exactamente igual, manchas, como patrones, con un orden, una secuencia. Era interesante, pero al mismo tiempo escalofriante, desde la mera idea de que se trataría de un virus y que para ese momento, probablemente todo el sistema operativo estaría infestado. No obstante, los correos habituales que intercambiaba por trabajo, aparentemente no fueron afectados. Las “manchas” solo se diseminaron por el spam. Así que, continué trabajando normalmente, enviando correos. 


Lo más inesperado ocurrió cuando imprimí uno de los correos que había recibido. La hoja que esperaba y a continuación una hoja con las indeseables manchas. Una vez más, asumí lo normal, un error del sistema, de la impresora, del sentido común o lo que fuera con tal de olvidar rápidamente el asunto. Arrugué el papel indeseado y lo arrojé al papelero. 

Las horas pasaron y noté que en el papelero unas débiles líneas se difundían entre los papeles. Formando  intrincados entramados, estas líneas parecían tener cierto volumen. Eran como los capilares de un miserable organismo amorfo. Sentí escalofríos.


Se me ocurrió entonces, arrojarle un poco de agua, para ver si al deshacerse el papel, la tinta realmente había adquirido una forma tridimensional. Todo sonaba absurdo. Pero lo hice, y el papel, como era de esperarse, se redujo, y la tinta con él. En ese momento sentí alivio, pero no estaba tranquilo, es el tipo de alivio que sientes cuando cruzas la calle sin mirar y de casualidad no te atropellan. Estás feliz de seguir vivo, pero asustado de tí mismo.


Al día siguiente, un diminuto brote verde emergía de entre los papeles del papelero. Lo noté, porque obviamente, al despertarme, corrí a mirar. Como si hubiese sido convocado a presenciar un hecho inédito. 


Trasladé cuidadosamente el brote a una maceta improvisada. Sin abandonar mi vida, presencié su crecimiento día tras día. Crecía como una planta normal. A veces la olvidaba por días, aunque estuviera frente a mí, ignoraba su existencia, pero cuando necesitaba sentir que yo era importante para alguien, recordaba que estaba ahí. Y de nuevo me convertía en testigo de lo inaudito. 


Había llegado a la conclusión de que era una planta alienígena, porque era la explicación más simple, ya que desconocía las probables explicaciones científicas. Era lo único que tenía sentido en mi mente, un tipo de tecnología incomprensible aún para la humanidad, una secuencia de patrones como un lenguaje o un código semilla que transmutan a través del tiempo, el espacio e incluso, una quinta dimensión, de un concepto abstracto como un pensamiento a una realidad tangible. 


Pero no he dicho que los días que la ignoraba eran mucho menos que los días que me obsesionaba con ella. A veces me sorprendía en largos lapsos de tiempo observándola. No pensaba en nada, era como si estuviera ahí para ser irradiado por ella y escuchar su silencio. Y aun así ella estaba, sin saber yo, a ciencia cierta si estaba ahí por mí, si yo era único por tenerla, si yo era excepcional a través de esa presencia que solo yo contemplaba. Por eso, no le decía a nadie más y aun así me atormentaba la idea de que si llegó hasta mí, de la misma manera llegó hasta otros, por lo tanto yo no era especial. Y esa idea se alimentaba cada día en la calle, al cruzarme con otras personas que me lanzaban malignas miradas cómplices, entre reproche y resignación, como si me supieran uno de ellos.


La ciudad estaba cambiando, las personas estaban cada vez más violentas, apuradas por llegar a casa, como yo, pero a diferencia mía, ellos no tenían verdaderos motivos. Yo sí, ella me estaba esperando o no me esperaba, pero la angustia de no comprender me succionaba vehementemente a su presencia. A veces lloraba porque al fin había encontrado un motivo, pero no era mi motivo.


Se me comenzó a caer el pelo, mientras que ella crecía, la planta comenzó a necesitar más espacio, así que me fui deshaciendo de algunos muebles, hasta que la habitación se quedó vacía. Luego, todo el departamento, se quedó vacío. Ahora, cada rincón estaba inundado de silencio, las ramas reptaban las paredes y el piso, sus hojas verdes, sin ojos, me miraban fijo a donde fuera. 


Afuera, se ven ramificaciones de plantas salir de otras ventanas y en la calle, como si el viento las imprimiera, raudales de hojas navegando el olvido. 

Dejo de mirar por la ventana, para volver a mirar a la planta, porque siento que ella también, me mira a mí.

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